Terrorismo en el Perú: 4 verdades inolvidables que el Estado no puede seguir ignorando

Terrorismo en el Perú: un problema que algunos quieren dar por cerrado

Terrorismo en el Perú. Para muchos, es un tema del pasado. Algo que quedó en los años más duros de nuestra historia. Pero basta mirar con atención —sin ingenuidad— para entender que no ha desaparecido. Ha cambiado de forma, se ha replegado en ciertas zonas y, en algunos casos, ha encontrado nuevas maneras de influir.

Ese es precisamente el problema. Cuando se instala la idea de que el terrorismo ya no existe, el Estado baja la guardia. Y cuando el Estado baja la guardia, estos grupos encuentran espacio para reorganizarse. No lo hacen con marchas visibles ni con acciones masivas como antes. Lo hacen de manera silenciosa, estratégica, infiltrándose donde pueden.

Aquí no se trata de generar alarma innecesaria. Se trata de no repetir errores. Porque el Perú ya pagó un costo altísimo por subestimar esta amenaza.

El error de creer que el terrorismo fue derrotado por completo

Se suele decir que el terrorismo fue derrotado, y en gran medida es cierto. Las organizaciones que pusieron en jaque al país fueron desarticuladas. Pero una cosa es derrotar su estructura principal y otra muy distinta es eliminar completamente su presencia.

En el VRAEM, por ejemplo, subsisten remanentes que combinan terrorismo con economías ilegales. No son grupos ideológicos puros como antes, pero tampoco son simples bandas criminales. Mantienen una lógica, una narrativa y una capacidad de violencia que no se puede ignorar.

El problema es que durante años se ha querido simplificar esta realidad. Se les ha llamado solo “delincuentes”, como si con eso bastara para resolver el problema. Pero no basta. Porque cuando se pierde la dimensión política y estratégica del fenómeno, se pierde también la capacidad de enfrentarlo adecuadamente.

La confusión deliberada: entre derechos humanos y defensa del Estado

Aquí hay una discusión que aparece una y otra vez. Cada vez que se plantea actuar con firmeza frente al terrorismo en el Perú, surgen voces que advierten sobre posibles excesos. Y es correcto que exista vigilancia sobre el uso del poder. Pero lo que no es correcto es convertir esa preocupación en un freno permanente para la acción del Estado.

En muchos casos, se ha terminado protegiendo más al victimario que a la víctima. Se ha puesto bajo sospecha a quienes enfrentaron el terrorismo, mientras se relativiza la responsabilidad de quienes lo promovieron. Esa distorsión no solo es injusta, también es peligrosa.

Porque debilita la moral de las fuerzas del orden. Y un Estado que duda de sí mismo frente a una amenaza como esta es un Estado vulnerable.

El vínculo entre terrorismo y economías ilegales

El terrorismo en el Perú no opera en el vacío. Hoy está profundamente conectado con actividades ilícitas que le permiten financiarse y mantenerse vigente. El narcotráfico es el caso más evidente, pero no es el único. También hay vínculos con minería ilegal, contrabando y otras redes criminales.

Esto cambia la naturaleza del problema. Ya no se trata solo de ideología, sino de control territorial y económico. Y eso lo vuelve más complejo. Más difícil de erradicar. Más peligroso si no se actúa con claridad.

En ese contexto, enfrentar el terrorismo exige una estrategia que combine inteligencia, presencia del Estado y una política firme contra estas economías ilegales. No basta con intervenciones esporádicas. Se requiere continuidad, coherencia y decisión.

Cuatro verdades incómodas que debemos asumir

A veces el problema no es la falta de información, sino la falta de voluntad para aceptar ciertas realidades.

Primero, el terrorismo en el Perú no ha desaparecido. Se ha adaptado. Negarlo solo favorece a quienes buscan operar sin atención del Estado.

Segundo, no se puede enfrentar esta amenaza con ambigüedades. El Estado debe tener una posición clara y sostenida, sin retrocesos frente a la presión política o mediática.

Tercero, las fuerzas del orden necesitan respaldo real, no solo discursos. No se les puede exigir resultados si al mismo tiempo se les deja expuestos legalmente por actuar.

Y cuarto, la memoria importa. Un país que relativiza lo que vivió está condenado a repetirlo, aunque sea bajo otras formas.

La importancia de no perder la perspectiva histórica

Hay una tendencia, especialmente en generaciones más jóvenes, a ver el terrorismo como algo lejano. Y es comprensible. No vivieron esos años. No experimentaron el miedo constante, la violencia indiscriminada, la incertidumbre.

Pero ahí está el riesgo.

Cuando se pierde la memoria, se pierde también la capacidad de reconocer señales de alerta. Y el terrorismo, como otros fenómenos, no aparece de un día para otro. Se construye, se infiltra, se normaliza poco a poco.

Por eso es importante hablar del tema con claridad. Sin exageraciones, pero sin ingenuidad.

Lo que está en juego: el Estado y la democracia

El terrorismo no es solo un problema de seguridad. Es una amenaza directa contra el Estado y contra la democracia. Su objetivo nunca ha sido solo generar violencia, sino socavar las instituciones, debilitar la autoridad y crear condiciones para imponer su agenda.

Por eso la respuesta no puede ser parcial. Tiene que ser integral.

Implica seguridad, sí. Pero también implica firmeza institucional, claridad política y una defensa activa del Estado de derecho. No como concepto abstracto, sino como una realidad concreta que protege a los ciudadanos.

Mirar el problema de frente

El terrorismo en el Perú no necesita titulares alarmistas. Necesita algo más difícil: ser entendido en su complejidad y enfrentado con decisión.

Eso implica dejar de lado discursos cómodos. Implica asumir costos. Implica, sobre todo, no repetir los errores del pasado.

Porque el país ya aprendió —de la peor manera— lo que ocurre cuando se subestima esta amenaza.

Y esa lección no debería olvidarse.

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